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2008-04-19
Cuando el rock dejó de ser contracultural Por Matias Rodriguez
El fin principal del arte y de la política debería ser la duración, superior a cualquier otra cualidad, y que es mucho más hermosa que la libertad misma.
-Nicolás Maquiavelo-
La década del sesenta fue probablemente uno de los periodos más trascendentales dentro del siglo XX. En estos años, se desarrolló una primaveral renovación de las ideas y de las luchas sociales, las cuales se oponían al régimen capitalista imperante en la sociedad occidental. Consecuencias como la masificación de los avances tecnológicos, y el quietismo físico y la unificación intelectual que estos provocan en la población, fueron el foco de los reclamos.
Por ese entonces, los cambios políticos se comenzaron a intensificar en todo el mundo: el Mayo Francés, que se gestó en 1968, fue acompañado de las revoluciones latinoamericanas y la figura del “Che” Guevara se comenzó a propagar en distintos países. En Estados Unidos, la Guerra de Vietnam y la insurrección de la población negra y el pedido de libertad sexual y de género, se sumaron al conformismo de la clase media y alta; esto, provocó que un grupo de jóvenes idealistas apoyaran sus conceptos revolucionarias sobre el rock, una música emergente que captaba su intención de choque y confrontación con las costumbres dominantes. Así, el rock en sus comienzos, estaba solamente interesado en conseguir un cambio socio- político y cultural. Este nuevo movimiento artístico rompió los esquemas imperantes y, por su ideología, se constituyó como una contracultura que creció, al punto de causar la preocupación del gobierno.
Pero la inteligencia, en manos de eficaces herramientas, hizo torcer el entusiasmo del rock por la problemática social. Las letras, en un principio, dominadas mayormente por una poética elevada y una preocupación sobre la realidad, como los escritos de Allen Ginsberg y Bob Dylan, comenzaron a llenarse de historias de amor. Frank Zappa, considerado un “contra-contracultural” (ya que se oponía a muchas de las prácticas del movimiento), se preguntaba, en 1977: “¿Una canción de rock tiene que hablar sobre el amor?” “Tú estás en mí: ¿eso es rock?”. Sin dudas, la mayor parte de los versos de estos compositores cayeron en lugares comunes y sin brillo, ocupando un espacio tan literal como el de cualquier artista melódico. Sabiendo que es el punto más explotado en el campo de la literatura, pocos poetas dentro del rock alimentaron un plano nuevo desde el cual imaginar este tema.
La mirada vítrea de Zappa, cuestionó otro de los mandamientos del rock: el uso de las drogas, materia que aún despierta la pluma de numerosos artistas. Esta sustancia está vinculada al rock, posiblemente, desde su nacimiento. Rápidamente, el amor y las drogas comenzaron a ocupar gran parte del repertorio de estos músicos. Pero la fluidez con la que los alucinógenos se vincularon al rock no fue casualidad. En Norteamérica, el reparo sobre las drogas se incitó desde la CIA y el FBI; ambos brindaron esta sustancia a las estrellas de rock con el objetivo de distraer su atención sobre el contexto político. De este modo, los alucinógenos no tardaron en expandirse por toda la contracultura. Con maestría, la droga se filtró en el rock y éste, empezó a prosternarse frente ella con dedicación; incluso sin saber que era uno de sus más fieles enemigos, el arma feroz para desarticular todos los pensamientos rebeldes.
Esta estrategia de la CIA, conocida como “Operación caos”, tuvo sobre el rock un resultado aniquilador, tanto sobre los músicos como sobre sus seguidores. La “Operación caos”, junto al “Plan Cóndor”, en la década del setenta en Latinoamérica (también instalado esencialmente para combatir los focos revolucionarios), se potenció en Argentina con el vaciamiento cultural que este país viene sufriendo desde la década del noventa. Al mismo tiempo, la desinformante manipulación por parte de los medios de comunicación y de la publicidad, graban ejemplos trasparentes sobre el desplazamiento de lo político: en el merchandising de Bob Marley es común observar una hoja de marihuana como fondo para el nombre del mayor referente del reggae; a aquel portador de uno de los mensajes más puros de libertad, igualdad y derechos humanos, ahora el mercado lo redujo a un simple consumidor de marihuana.
Aunque la historia es circular, y la sociedad actual cruza muchos de los problemas a los que hice referencia al analizar los años sesenta, “la mufa”, como médula de cambio social que proponía el grupo argentino “La Cofradía de la Flor Solar” en 1969, parece ya olvidada. El eje mismo del nacimiento del rock murió: hoy ya no le molesta nada; no se revela contra nadie. En este momento, el rock atraviesa una postura posmoderna: huérfano de todo entusiasmo en la construcción de un cambio social, busca sólo el beneficio económico desde una música “light”; ya no es una contracultura y no se propone como un movimiento artísticamente de fractura.
Como un gris espejo de aquellos propósitos encadenados con una violenta habilidad que pretendían romper todo protagonismo ideológico de los jóvenes, en nuestros días, el rock, desde sus llagas, vacía su esencia y se muestra anestesiado, fragmentado y despolitizado.
Matias Rodriguez matias@recis.com.ar
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